Una porción detestable de la política suele usar metáforas para descalificar a los adversarios que no comulgan con su ideario. Pero sucede que las hay malignas y otras decididamente perversas. Recordemos algunas que en el pasado obraron criminalmente. Por caso como señalar a alguien de "bolche", "zurdo" o bien otro en sus antípodas, nazi o "facho". El flamante estigma es pertenecer a la "derecha". ¿Estamos locos, ignoramos que nuestra cosmovisión legal, cultural o político posee un sesgo decididamente liberal con sus errores y sus aciertos y con una impronta de la llamada "derecha". Y negarlo sería avergonzarnos de lo que somos: orgullosamente argentinos. De manera similar empezamos hace años sin advertir el equívoco de fomentar estas imbecilidades y valiosa parte de nuestra juventud desapareció. ¿El confesarse radical o peronista moderado es un crimen de lesa humanidad? ¿Qué locura nos asalta con estas canalladas? Cuidado con la arbitrariedad semántica y usar estas palabras para calificar tan livianamente, muchas, insisto, discriminatorias, autoritarias e imbéciles como un modo de hacer proselitismo.

Francisco Juliá
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